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“Mi hijo no sabe jugar”: Cómo favorecer la experiencia lúdica entre padres e hijos durante el desarrollo

Innumerables autores han destacado la importancia del juego en el desarrollo infantil. Uno de ellos, Piaget  expone como el juego infantil sirve como base para la creación de conocimiento, Vygotsky remarca la importancia de la actividad lúdica de los niños como motor del desarrollo, y otros autores como Carr afirman que los niños ejercitan el cerebro a través del juego, estimulando de este modo el crecimiento físico y neurológico.

Así pues, el juego pone en marcha habilidades cognitivas que le permiten al niño relacionarse y comprender su entorno, así como desarrollar su pensamiento. Del mismo modo, a través del juego, se fomenta el desarrollo emocional mediante la aplicación de aquellos conocimientos ya adquiridos, reconstruyendo escenas a través de su juego. No debemos olvidar tampoco el gran peso del juego en el desarrollo social. A través de él, los niños aprenden a relacionarse con los iguales y con los adultos de forma eficaz, aprendiendo a disfrutar de la interacción con el otro y la riqueza del juego conjunto.

Llegados a este punto, podríamos plantearnos, ¿Cuál es el juego que debo realizar con mis hijos?, ¿Cómo puedo fomentar espacios lúdicos? Es importante tener presente en todo momento, que los niños muestran estilos y habilidades de juego diversas y dedican cantidades distintas de tiempo a cada tipo de juego en función de su edad. Este aspecto es primordial a la hora de adaptar nuestra participación en el juego de los niños, teniendo siempre presente, en qué momento evolutivo se encuentran los menores.

Los niños más pequeños, pasan la mayor parte de tiempo explorando el entorno libremente. Muestran  interés por los juegos sensoriales a través de los cuales descubren el mundo que les rodea. En esta etapa, es importante darles tiempo y espacio para que sean ellos mismos que descubran las formas de uso de los materiales y juguetes. Podemos incrementar la riqueza del juego acompañando sus descubrimientos, ofreciéndoles ayuda cuando lo necesiten y poniendo palabras a aquello que les sorprende.

A medida que el juego evoluciona, se establece el juego funcional o locomotor, consistente en la práctica repetida de movimientos con objetos (por ejemplo mover un coche de lado a lado). Del mismo modo, van apareciendo juegos que incluyen movimiento físico como correr, saltar, brincar, etc. Es un buen momento para iniciar juegos sociales en los que pueda incluir al otro, darse cuenta de la riqueza del juego conjunto y aprenda formas de relacionarse con los demás.

Podemos dedicar espacios donde realicemos juegos de regazo, cantar canciones u otras actividades físicas como el pilla-pilla, siempre adaptándonos a sus intereses. Ante materiales o juguetes nuevos que desconoce, podemos ofrecerle ideas que le permitan saber cómo jugar con ellos. Poco a poco, se va estableciendo el juego constructivo, que implica construir estructuras con objetos (por ejemplo cubos). Podemos fomentar el espacio de juego del menor ofreciendo propuestas que él pueda incluir y que puedan adaptarse al juego realizado por el niño, por ejemplo animándolo a realizar acciones similares con otros materiales, flexibilizar el pensamiento incluyendo nuevas propuestas con los mismos materiales o formas alternas de utilizarlos.

Al final del segundo año, con la aparición de la capacidad representacional, este juego funcional y constructivo evoluciona hacia el juego simbólico o imaginativo. En este momento, el niño empieza a utilizar  objetos o realiza acciones imaginarias. El juego simbólico incluye una combinación e integración de la cognición, la emoción, el lenguaje y la conducta, fortaleciendo las conexiones entre las distintas áreas así como favoreciendo el pensamiento abstracto y la teoría de la mente. En momentos de juego conjunto, podemos potenciar la capacidad de simbolizar ofreciendo nuevas ideas dentro de su juego y realizando nuevas propuestas que puedan guiar su juego (por ejemplo, si está jugando a médicos con un muñeco, podemos proponer darle un jarabe imaginario para que se cure).

La última etapa de juego es la de juego formal o reglado. En esta etapa, los niños aprenden a jugar de forma organizada con normas a seguir, turnos y penalizaciones, alternando este juego con el simbólico. Los juegos reglados, tienden a implicar el uso de estrategias reflexivas y la necesidad de análisis de respuesta. Por este motivo, podemos acompañar este juego fomentando la capacidad de espera y reflexión del menor, la tolerancia a la frustración, recordarle las normas a seguir así como poder acompañarlo emocionalmente cuando los resultados del juego no son los que esperaba (por ejemplo cuando pierda).

Synaptia Educación

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